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miércoles, 18 de julio de 2012

LA SOCIEDAD CIVIL (I)

(Publicado en el Diario de Cádiz el 14 de  Abril de 2009)

              Hace unos días recibí un correo, “Que hace la diferencia” se titula, y es de esos pocos que transmiten algo, que son portadores de mensaje, que hacen pensar. Seguro que muchos lo habrán recibido y, si han tenido la paciencia abrirlo, coincidirán conmigo en su argumento:

              Plantea la abismal diferencia en el desarrollo de determinados países, y analiza las causas, desechando sucesivamente que estas sean, las riquezas naturales (Japón no las tiene y es la segunda economía mundial),  la antigüedad (La India o Egipto son milenarios, Australia apenas cuenta con 150 años), la situación geográfica (Suiza, sin mar, cuenta con una importante flota), ni siquiera la inteligencia de sus naturales (jóvenes estudiantes de países pobres emigran y triunfan en el llamado primer mundo).

Entonces, ¿Qué hace la diferencia?: La ACTITUD.

           En esos países, que los autores del estudio ponen como ejemplo, esa ACTITUD se refleja en intangibles como: La Ética en los comportamientos, La Integridad, La Responsabilidad, El deseo de Superación, El Respeto a las Leyes, El Respeto a los derechos de los demás y El Esfuerzo por mejorar, como valores que la mayoría defiende y respeta.


             Entiendo que en España hemos pasado por casi todo, y si nos remontamos a la situación heredada de una guerra civil, concedamos el merito material que le corresponde a aquellas generaciones, que en una situación de aislamiento internacional y escasos recursos, tuvieron el mérito de reconstruir económicamente un país destrozado. Más tarde, con infraestructuras muy mediocres todavía, se potenció lo que en aquellos años se considero la “primera, y casi única, industria nacional”, el boom turístico.


           El turismo y el trabajo bien hecho de muchos españoles consiguió lo que se conocía en todo el mundo como “el milagro español”.

            Llegó la democracia y el ingreso en Europa, tras mucho esfuerzo colectivo para ajustar los parámetros de nuestra economía. Manteniendo las altas cotas alcanzadas en nuestra primera industria, la turística, se desarrollan otras, pero la que da el impulso definitivo a nuestro desarrollo económico es la inmobiliaria. Ahí batimos record europeo y casi mundial, la construcción  y otras industrias relacionadas, llega a ser, nada menos, que el nueve por ciento de nuestro PIB.

            Todo hacia pensar que el “milagro español” no tenia fin, éramos ya  la octava potencia industrial del mundo, nuestras principales industrias establecidas en muchos países, el año de oro de nuestros deportistas y nuestro Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, con la crisis mundial asomando ya las orejas, echándole el aliento en la nuca a sus homólogos italiano y francés y amenazándoles con un inminente “surpasse”.

            Lo que nos ha venido encima lo conocen de sobra mis pacientes lectores en carme propia o próxima, no hace falta incidir más. Ni siquiera merece la pena repetir eso de que “lo peor está por llegar”, aunque, entonces,  nuestro optimista presidente hablara de empezar la remontada en marzo. Ni hacer más sangre exponiendo, por ejemplo, nuestros records en la creación de parados, a pesar de la promesa presidencial de dos millones de nuevos puestos de trabajo durante la campaña electoral.

            Si crecimos tan espectacularmente en lo económico, por encima de otros países europeos, y ahora la caída  es también espectacular es únicamente por una razón: Nunca, nadie con responsabilidad, ningún gobernante, en ninguna etapa de ese espectacular desarrollo se ocupo de poner las bases, lo que podríamos considerar los cimientos de un país, a lo que nos hemos referido al principio de este artículo, la ACTITUD.

              Se ha construido un país con pies de barro y así, cuando vienen mal dadas, no estamos preparados. Se ha fomentado la cultura del pelotazo, del dinero fácil, del éxito efímero. Se ha encumbrado a lo más alto de la sociedad a personas sin preparación, sin formación, SIN VALORES ETICOS, sin más mérito que estar en el sitio adecuado en el momento propicio.

              De esos elementos que los autores del estudio valoran como fundamentales, de esos que “hacen la diferencia”, de eso,  muy poco.

             Ahora, cuando la situación es dramática, la sociedad (o una parte sensible de ella) se hace consciente de que lo fundamental, lo que constituye el ser o no ser de un país, se ha abandonado o transferido, no se le ha dado importancia, ni siquiera cuando las estadísticas de organismos internacionales  o publicaciones de prestigio nos vienen advirtiendo reiteradamente.  

              “No es esto, no es esto”, clama una sociedad civil defraudada. ¿Demasiado tarde? Tarde no se, el tiempo escapa al control humano, pero difícil si, muy difícil. Entre todos, con nuestra indeferencia y abandono, hemos creado un gigante con pies de barro.

Desde hace algún tiempo, una parte de esa atónita sociedad se desgañita gritando que hemos perdido los valores, que la sociedad actual es materialista hasta el extremo y carece de todos esos valores que hemos enumerado al principio y que los autores del estudio tanto ponderan.

            El escocés Adam Smith, ya en 1776, en su obra “La riqueza de las Naciones” argumenta que esta no proviene de los recursos materiales de que se disponga, sino del trabajo humano. El padre del liberalismo económico, contra la idea de sus detractores que ahora abundan, no es, según su traductor, el profesor Rodríguez Braun, un paradigma del “capitalismo salvaje”: es un moralista preocupado por las reglas que limitan la conducta humana”. En definitiva volvemos al centro de la Creación: el ser humano.

¿Y ahora qué? Pues ahora toca hacer lo que no se ha hecho. Es urgente que la sociedad civil tome la iniciativa o nadie lo hará por ella.

            Y termino con una frase con la que también concluye el  mencionado estudio: “Si esperamos que el Gobierno solucione nuestros problemas, esperaremos toda la Vida”  

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