Cuando escribo estas líneas, Adolfo
Suarez, Presidente del Gobierno de España durante la Transición política y uno
de sus más importantes protagonistas, se
encuentra en estado muy grave temiéndose por su inmediato fallecimiento.
En
los últimos meses he oído, en brillantes intervenciones públicas, a dos de sus
ministros más destacados, José Manuel Otero Novas y Alfonso Osorio, quienes se
han referido siempre a Suarez como principal impulsor de los cambios que se
produjeron a la muerte de Franco, lo que se ha venido a llamar el Espíritu de
la Transición, el consenso entre todos los grupos políticos para dotar a España
de una Constitución e Instituciones políticas democráticas.
Además
de contar lo acontecido en aquellos
importantes años y el papel protagonista de políticos de izquierdas como
Santiago Carrillo, de derechas como Manuel Fraga o nacionalistas como
Tarradellas, que hicieron posible, así mismo, los Pactos de la Moncloa,
lamentaban en sus intervenciones la situación política española actual.
Lamentaban
que aquel consenso haya saltado por los aires en mil pedazos, que los políticos
actuales, además de protagonizar, en muchos casos, escándalos de corrupción, su
gestión política sea tan lamentable.
Seguramente
Adolfo Suarez, debido a su enfermedad, no ha sido consciente del deterioro de nuestra
democracia hasta hacerla irreconocible. Transición que fue admirada y seguida
por otros países, protagonizada por políticos, mejores o peores, pero con un
sentido de Estado que ahora se echa en falta.
Pregunté
en cierta ocasión a Alfonso Guerra, Vicepresidente del Gobierno socialista de
Felipe González, durante una conferencia
en la Universidad de Cádiz en 2012, por las causas de este deterioro democrático y moral de nuestra
sociedad. Su respuesta fue muy clarificadora, se limitó a contestarme que
hiciera, uno por uno, una comparación entre los políticos de entonces y los de
ahora, y yo mismo encontraría la respuesta.
La
llegada, inesperada y un tanto forzada, de Rodríguez Zapatero a la presidencia
del gobierno de España, supuso un acelerón considerable a un proceso que ya se
había iniciado durante el segundo gobierno de Aznar. Su Ley de la Memoria
Histórica, su revisionismo de la Transición, incluidas las amnistías que
sacaron de la cárcel a terroristas de ETA, abrieron viejas heridas producidas
por una cruel guerra civil. Las dos Españas, que denunciaba Antonio Machado en
“Campos de Castilla”, ha vuelto a helar el corazón de muchos españolitos y lo peor es que no se vislumbra una salida a
esta crisis moral y de valores.
El
revisionismo se hace fuerte, se quieren celebrar juicios por crímenes de guerra
a personas fallecidas hace ya muchos años, recuperar cadáveres enterrados en
cunetas y fosas comunes, eliminar nombres y símbolos relacionados con la guerra
civil y el régimen posterior, pero, eso sí, solo lo relativo al bando vencedor,
como si las famosas “checas”, ideadas por el camarada Alexander Orlov, asesor
del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) de la República, no hubiera causado
auténticas masacres.
Lo
más importante y positivo que logró Adolfo Suarez, la reconciliación de los dos
bandos contendientes, donde miles de familias tuvieron entre sus miembros a
combatientes en trincheras opuestas, simplemente por cuestiones geográficas,
está siendo ahora destrozado por políticos radicales de izquierdas que buscan
vengarse, casi ochenta años después de terminada la guerra, de una derrota que
ninguno de ellos vivió.
No
ha sido una vida fácil la de Adolfo Suarez. En lo personal vivió el
fallecimiento de su mujer y una hija, antes de caer gravemente enfermo, y en lo
político sufrió duras criticas, oposición y hasta traición de algunos de sus
colaboradores, pero a pesar de ello, pasará a la Historia como artífice de un
cambio que ha traída a España el periodo de paz más largo de los dos últimos y
convulsos siglos.
España
entera lamentará la perdida de Adolfo Suarez y lo que representa, el espíritu
de la Transición, todos menos esos políticos a los que me he referido, algunos
incluso tan jóvenes que ni sus propios padres vivieron la tragedia y cuya única
motivación puede estar en las abundantes subvenciones recibidas de gobiernos
tan democráticos como la Venezuela de Maduro, en forma de subvenciones y ayudas
a determinadas fundaciones.
Con
Adolfo Suarez desaparece una casta política que aprendió a marchas forzadas,
sin experiencia previa, con aciertos y errores, con pasado a veces muy turbio,
pero con un gran sentido del deber y la renuncia en beneficio de la sociedad. Que
Dios le acoja en su seno y consuele a su familia, amigos y admiradores.