Ya no es solo la tremenda crisis económica, que ciertamente agrava
las situaciones, es que nuestra sociedad actual, los españoles de hoy, hablando
siempre en términos muy generales, carecen de los más elementales valores
éticos y morales.
Una sociedad donde la honradez entre los cargos públicos es la
excepción y se dan, día sí y otro también, graves casos de corrupción a todos
los niveles. Donde el nepotismo, la prevaricación y los abusos de poder son las
señas de identidad de muchos mandatarios públicos.
Una sociedad donde partidos, sindicatos y patronales utilizan
el dinero público en su propio beneficio sin rendir cuentas a nadie. Donde la
justicia ha dejado de ser independiente para estar al servicio del poder,
dejándose incluso intervenir por los partidos políticos en sus órganos de
dirección.
Una sociedad tan poco respetuosa con el prójimo, personas y
bienes, que la agresividad y la violencia se han convertido en los únicos
argumentos para la discrepancia. Sin los más elementales fundamentos
democráticos, perdidos en esa larga transición de 35 años, hacia ninguna parte.
Ahora se dan cuenta algunos del desmesurado interés que las
autonomías más nacionalistas tuvieron, hasta conseguirla, por la
transferencia de la educación, base y
sustento de todo lo demás.
Ahí nos hemos equivocado gravemente. No solo nuestros seis
sistemas educativos han sido un rotundo fracaso en cuanto a resultados en el
conocimiento, son aun más graves los resultados en formación humana, en valores
éticos y morales, en respeto a lo ajeno.
¿Como enmendar tan gravísimos errores, culminados con las
transferencias a los nacionalismo radicales? Difícil es recoger el agua
derramada y esta cuestión solo tendría alguna posibilidad con dos medidas de
cirugía política: Un Pacto de Estado por la Educación y recuperar, al menos en
cuestiones como la preparación del profesorado y materias troncales a todos los
niveles, el control de los sistemas educativos por parte del Estado.
¿Y los demás agentes sociales, especialmente los padres? Pues
si los padres no son conscientes de las muchas y graves carencia educativas de
sus hijos mal vamos porque, en muchos casos, son tan evidentes que terminan
siendo un autentico problema para ellos mismos. Aprender a ser padres no es un
juego, es un “trabajo” duro que exige voluntad y constancia, y quien no esté
dispuesto a asumirlo con responsabilidad no debería dar ese paso.
Existe un decálogo cuyo título “Como hacer de su hijo un
delincuente” (Google) debería ser la guía de todos los padres para hacer
justamente lo contrario. Pero nada se consigue sin voluntad y no la hemos
tenido, ni la tienen los que son padres ahora, en la medida requerida. Ojalá
nuestra sociedad fuera capaz de aprender de sus errores.