Mostrando entradas con la etiqueta voluntariado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta voluntariado. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de mayo de 2015

ESPAÑOLES POR EL MUNDO



                 Programas de televisión nos muestran la vida de muchos españoles que, por unas u otras circunstancias, han tenido o querido salir más allá de nuestras fronteras a establecerse y desarrollar su proyecto de vida.

                  Estadísticas oficiales nos hablan con frecuencia de jóvenes españoles, con formación y estudios, que ante la falta de oportunidades profesionales en una España donde siempre los índices de desempleo han superado a la media europea y que desde la crisis económica de 2007 se ha situado a la cola de los países de la OCDE, han decidido buscar fortuna en países con demanda de buenos profesionales.

                  Pero hoy no voy a referirme a unos ni a otros, aunque no oculto mi admiración y respeto por todos ellos, sino por esos otros españoles de uniforme (a veces sin él) pertenecientes a nuestras Fuerzas Armadas, Cuerpos de seguridad del Estado y Servicio de Inteligencia, que desarrollan su trabajo, la protección de nuestras vidas e intereses, en los más diversos lugares del mundo.

                 Con motivo de los desgraciados terremotos de Nepal, los medios de comunicación nos han informado del desplazamiento a las zonas accidentadas de efectivos de la Guardia Civil y la Unidad Militar de Emergencias (UME), especialistas en rescates de alta montaña, trasladados para buscar y rescatar a los cientos de españoles atrapados por las avalanchas de nieve y lodo que se produjeron provocadas por los terremotos.

                 Cruz Roja, Médicos sin Fronteras, Save the Children,  y otras ONG`s  están ya desde hace tiempo desplegadas en esas zonas deprimidas,  ayudando a sobrevivir a millones de personas perseguidas, amenazadas de muerte por sus creencias, huidas de sus países por causa del hambre o la guerra. Jóvenes médicos, sanitarios, maestros, y de las más diversas profesiones, voluntarios todos, que han dejado una vida cómoda en este occidente donde la inmensa mayoría ni sabe situar en el mapa a países como Nepal, Haití, Mozambique y tantos otros.   

                 Jóvenes españoles, muy preparados y con un altísimo espíritu de servicio y solidaridad con quienes les necesitan, dispuestos en todo momento para salvar vidas ajenas a riesgo de las  propias, en cualquier lugar del mundo, por lejano e inaccesible que sea.
  
                 Otros miles de jóvenes como ellos, chicos y chicas, a bordo de buques de la Armada, en unidades de los Ejércitos de Tierra o del Aire, de la Guardia Civil, la Policía Nacional o el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), velan constantemente por nuestra seguridad, para prevenir y evitar, en lo posible, los ataques de la sinrazón y el fanatismo.

                 Oigo y leo con frecuencia crónicas sobre nuestros jóvenes, sobre esas generaciones de españoles  que no terminaron sus estudios por abandono prematuro de las aulas, de esos millones que ni estudian ni trabajan y que con mucha frecuencia caen en el delito, las drogas y la desesperanza. Pienso que nuestros políticos no han hecho lo suficiente para evitar estas situaciones, que sus padres, quizás por ignorancia o falta de medios, tampoco han logrado proporcionarles la formación adecuada para ilusionarles con un proyecto de vida y ellos mismos no han sido conscientes de a donde les llevaba el abandono y la ignorancia, presas fáciles para personas sin escrúpulos.

        Razón de más para mostrar hoy públicamente mi admiración y respeto por esos otros miles de jóvenes españoles a los que me he referido a lo largo de este artículo, esos españoles fuera de su país, dispersos por el mundo haciendo el bien, con los que el resto de españoles hemos contraído una deuda de gratitud, que ellos ni siquiera reclaman.


domingo, 15 de marzo de 2015

MENDIGOS

Publicado en el Diario de Cádiz el sábado 14 de Marzo de 2015

       De vez en cuando, siempre serán muchas, leemos en la prensa la muerte de un indigente, de un “sin techo”, de esas personas cuyas historias ignoramos pero que, a veces por mala suerte, otras por sus propios errores, han terminado mal viviendo de la caridad y de la solidaridad de personas e instituciones sensibles a estas situaciones.

      Otras muertes ni siquiera son del dominio público, pero puedo asegurar que también ocurren. Ese es el futuro de tantas personas sin futuro, sin esperanza, cuyas pertenencias caben en una mochila.

      Como digo, hay personas, voluntarios de distintas organizaciones, a los que estas personas si les importan, se acercan, las oyen, conocen los pormenores de tanta desgracia y les ayudan. Ayuda siempre escasa, insuficiente para remediar tanta escasez de afecto, de hogar, de lo más elemental que un ser humano necesita para sobrevivir.

      A veces uno pasa junto a ellos dormidos y abrigados por una manta que reconoce porque apenas hace unos días que se le entregó en una de esas organizaciones que les ayudan. Y luego, al día siguiente, lee en la prensa que muchos, he escrito muchos, edificios abandonados desde hace años están a punto de caerse, de terminar sus días de vida útil, sin haber servido absolutamente para nada durante muchos años.

      Uno no es más que una gota de agua en un desierto y los escasos albergues, las ONGs, los voluntarios, y las aportaciones económicas que con mucho esfuerzo se logran, apenas representan alivios parciales a tanta necesidad.

      Países como España, con más de cuatro millones de parados y, según un reciente informe de Caritas, más de siete en el umbral de la pobreza, debe tener como prioridad absoluta solucionar las necesidades básicas de todas esas personas.
     
      Necesidades básicas que van, desde un techo bajo el que cobijarse hasta una atención médica, pasando, naturalmente por alimentación, educación y abrigo. Igual que pasa con los edificios abandonados e inútiles, existen medios suficientes que la corrupción y el mal uso desvíen de lo que debería ser prioritario

sábado, 7 de febrero de 2015

MOSCAS EN LA CARA



             Nos resulta muy molesto tan solo evocar esa imagen que no quisiéramos ver nunca en los televisores, mientras damos buena cuenta de nuestra bien condimentada y abundante comida, de niños africanos de vientre hinchado y claros síntomas de desnutrición, que se llevan a la boca un escaso trozo de cualquier alimento recibido de la ayuda internacional, mientras las moscas se posan en su cara.

          Deseamos que pasen pronto, que se eliminen de nuestra vista con la misma celeridad que se eliminan de nuestras conciencias. No quisiéramos haberlas visto nunca para no recordarlas.

          Estábamos debatiendo, un grupo de directivos de una ONG que lleva veinticinco años de ayuda humanitaria y proyectos de desarrollo en regiones muy empobrecidas del mundo, la forma de concienciar a nuestra sociedad para que se comprometa, para que haga algo por aliviar tanta miseria.

          Llegamos a la conclusión de que es necesario reeducar a nuestros conciudadanos, conseguir que hagan suyos estos problemas, que sientan en lo más profundo de sus corazones que ese niño con la cara llena de moscas también le concierne a él, aunque esté físicamente a miles de kilómetros.

          No seamos injustos, no todos son así, hay muchas personas que entregan lo que pueden para aliviar estas situaciones, unos su tiempo, otros su dinero o su trabajo, son los voluntarios que pueblan estas organizaciones, pero claro, la necesidad es casi infinita. No es solo ese niño, son millones de niños con hambre, con enfermedades incurables, sin techo donde cobijarse, sin ninguna posibilidad de tener una mínima educación y no digamos estudios y un desarrollo personal.

          Pero también adultos que milagrosamente han sobrevivido a tantas dificultades, millones de refugiados que huyen de guerras y persecuciones o víctimas de catástrofes  naturales o provocadas por otros hombres, necesitan ayuda. Como digo, las necesidades superan con muchísimo a los recursos que gobiernos y ciudadanos voluntarios han sido capaces de aportar hasta ahora.

          Dicen, quienes han tenido la ocasión de vivir de cerca estas situaciones, que por poca sensibilidad que se tenga quedan marcados para toda su vida, pero no son muchos los que tienen el coraje, el valor y el privilegio, si el privilegio porque les va a marcar para siempre, de vivirlo.

          ¿Qué hacer para que tantos buenos ciudadanos no pasen olímpicamente de tanto drama? ¿Qué hacer para que esas imágenes, que no queremos ver, nos hagan saltar como un resorte y hacer algo, lo que sea, por ayudar aunque mínimamente?

          La respuesta, desgraciadamente, ya no está en quienes observan la vida, los muchos dramas que nos rodean, sin que apenas les afecten. La respuesta está en los jóvenes, los niños de hoy, a quienes hay que enseñar a ser solidarios con quien sufre,  a hacerse participes de los graves problemas que viven tantos seres humanos a veces sin más motivo que haber nacido en una determinada zona geográfica.

          Esa ONG de la que estoy hablando, que trabaja en Perú, Mozambique y también en España, tiene tres áreas. Las ya mencionadas de Ayuda Humanitaria (los peces), de Proyectos de Desarrollo (las cañas de pescar) y la más importante, la de Educación para el Desarrollo, la conciencia de los valores solidarios que intenta transmitir a niños y jóvenes del llamado mundo desarrollado y también a sus profesores, medios de comunicación y creadores de opinión. Un titánico esfuerzo por recuperar valores  perdidos por esta sociedad del consumo, egocéntrica y nihilista. Está en juego la vida de millones de seres humanos. 


sábado, 20 de diciembre de 2014

FUNDACIÓN + 34

Publicado en el Diario de Cádiz el sábado 20 de Diciembre de 2014

Me impresionó y preocupó lo que oí en un programa de radio de ámbito nacional: Más de 1.800 españoles están ingresados en cárceles en el extranjero. Cárceles donde se duerme en el suelo, salvo que tenga dinero para pagar una colchoneta, cárceles donde pueden pasar dos o tres años esperando un juicio que nunca llega, mal alimentados, por decir algo, sin asistencia médica, hacinados y sin contacto alguno con familiares o abogados.

“En Fundación +34 luchamos contra la soledad de los 1.802 españoles encarcelados en el extranjero” explicaba su portavoz a las preguntas de la periodista. Su nombre deriva del prefijo telefónico internacional de nuestro país, ese prefijo al que ni siquiera tienen acceso los presos españoles.

Con ser muy grave lo que estaba oyendo, hubo algo que me impresionó de forma especial: un elevado número de estas personas no quieren que sus familias sepan que están en esa situación, son delincuentes ocasionales, en busca de un dinero rápido haciendo de muleros.

Muchas personas, dadas por desaparecidas en nuestro país, llevan años en cárceles inmundas y no quieren, por vergüenza, que sus familias conozcan esta situación. “Fundación +34” viaja, en estas próximas Navidades, a Lima (Perú) donde 370 españoles están encarcelados en situaciones lamentables.

Ni siquiera nuestros representantes consulares pueden hacer mucho por ellos. Apenas alguna visita y escaso apoyo económico. La justicia de algunos de esos países no es que sea lenta, es que es inexistente y las garantías de un juicio justo nulas.

El 83 por ciento de los encarcelados lo son por tráfico de drogas, la inmensa mayoría por primera y única vez en sus vidas. Personas jóvenes, algunos casados y con hijos, que caen, engañados, en la posibilidad de obtener un dinero importante, de forma fácil, rápida y sin riesgo.

“Fundación +34” dispone de una página web donde, quien esté sensibilizado por este problema, puede informarse y colaborar, si es su deseo. Confieso que personalmente no había prestado mucha atención a este drama. Ni siquiera podía calcular su dimensión y menos conocer la existencia de personas de buen corazón ocupadas en paliar el terrible aislamiento que sufren.

sábado, 29 de noviembre de 2014

CRUZADAS DEL SIGLO XXI



             Parece increíble, pero la sensibilidad humana por los problemas que consideramos ajenos, lejanos a nuestros intereses inmediatos, dura lo justo hasta que una nueva noticia tapa a la anterior.

          El hambre en el mundo, la muerte en la calle de un indigente, la decapitación de un periodista o un cooperante americano, el rapto de cientos de niñas, las muertes de adolescentes por sobredosis, las jóvenes explotadas sexualmente y tantas desgracias como a diario entran por nuestras retinas a través de los medios de comunicación, apenas permanecen en nuestro cerebro el tiempo que las imágenes, esas molestas imágenes, ocupan la pantalla.

          No todo el mundo es así, afortunadamente, pero no es precisamente la mayoría la que toma acción para remediar o paliar tanto sufrimiento. Hay una minoría, a todas luces insuficiente, que sufre con las desgracias ajenas y pone lo que tiene de su parte por remediarlo, con su dinero, su trabajo o simplemente, aunque muy importante, con su tiempo.

          La Iglesia Católica, a través de Caritas y otros organismos, Organizaciones No Gubernamentales, y algunas Instituciones públicas y privadas, hacen un esfuerzo digno de encomio, pero faltan recursos humanos y económicos para conseguir éxitos significativos. Los males enumerados al inicio de este artículo y otros similares y tan graves, siguen existiendo. Solo se consiguen paliar, en parte y en casos puntuales, algunas situaciones límite.

          La excusa que ponemos habitualmente es que hay demasiada  desgracia, demasiados males y que nuestras posibilidades de ayuda son muy limitadas, apenas una gota en un océano, pero no es más que una mala disculpa de quien solo piensa en sí mismo o como mucho en los suyos. Esa es la sociedad que hemos construido.

          Los países, sus gobiernos, son fiel reflejo de las sociedades de las que se nutren. No debe extrañarnos que sus comportamientos, en estas y otras cuestiones, sean similares. En esencia lo que criticamos es la falta acciones conjuntas de lucha decidida y eficaz para acabar con esos graves problemas de la humanidad.

          Se dice, por quien tiene datos fehacientes, que el hambre en el mundo, que tantas muertes ocasiona, fundamentalmente entre los niños, podría remediarse contando solo con los excedentes alimenticios que sistemáticamente se destruyen para mantener los precios del mercado.

          No digo que sea fácil, pero una acción coordinada y decidida de los cuerpos de seguridad de los países afectados en mayor medida por el narcotráfico, en la lucha contra esta lacra, conseguiría, al menos, una disminución de sus mortales  efectos. Lo mismo sirve para la lucha contra el tráfico de seres humanos, o la prostitución organizada, pero aquí también hay intereses de países, por extraño que parezca,  o incluso temor a las poderosas mafias que financian el terrorismo internacional, que impiden esa acción conjunta y decidida, poniendo más medios técnicos y humanos, es decir, más dinero.

          USA, Reino Unido y Francia se unen para luchar contra el Estado Islámico cuando los terroristas decapitan a periodistas y cooperantes de sus países y difunden en vídeo estos crímenes, pero no logran crear una coalición internacional, siquiera de los países objetivo de los terroristas, por temor a la reacción de sus sociedades, como ocurrió en España tras la invasión de Irak, criticable si se quiere, pero para nada causante del terrible atentado del 11M, como muchos, por intereses políticos, han querido hacer ver.

          Estamos hablando de problemas que afectan a la humanidad en su conjunto, más acentuados en unos países que en otros según el caso (hambre en África, narcotráfico y prostitución en Occidente, terrorismo yihadista en países islámicos y Occidente) y para cuya erradicación serían necesarias auténticas cruzadas empleando la tecnología y los medios de los que se disponen en el siglo XXI, todos los disponibles, lo que parece hoy por hoy imposible. Los intereses o el miedo coartan la acción de los gobiernos, que si fueran capaces de superarlo, si fueran capaces de actuar decidida y coordinadamente buscando la solución de estos graves problemas, sin duda lo lograrían.


          El hambre, el narcotráfico, el terrorismo dejarían de matar a miles de seres inocentes. Se necesitan autenticas cruzadas internacionales  para lograrlo, el enemigo es muy poderoso.    

sábado, 13 de octubre de 2012

LA ARMADA Y EL VOLUNTARIADO

(Publicado en el Diario de Cádiz el sábado 13 de Octubre de 2012)

CON motivo de un reportaje para una televisión local, en la sede de Caballeros Hospitalarios de Cádiz, fui presentando al periodista a quienes allí se encontraban trabajando: "Fulanito, presidente, es capitán de navío; Menganito, también capitán de navío,…", y así hasta cuatro, incluido quien les habla.

Dos coroneles de Intendencia de la Armada son responsables en Cádiz de la Asociación de Lucha contra el Cáncer y Tartessos, respectivamente, y capitanes de navío al frente de delegaciones de Cáritas y Madre Coraje, y no solo como máximos responsables, sino en todos los niveles de estos trabajos solidarios.

No cito sus nombres porque no me lo permitirían, pero muchos gaditanos los conocen y tratan a diario. Solo he oído elogios de todos ellos, a su labor desinteresada y a su entrega sin límites a los más necesitados, los excluidos sociales, los sin techo y, en definitiva, a una sociedad gaditana donde las labores asistenciales son cada día más necesarias.

Naturalmente que hay muchísimos voluntarios en estas instituciones que tienen o han tenido otras profesiones. En realidad la diversidad dentro del voluntariado es muy grande, pero llama la atención que, en este momento, los responsables de cinco organizaciones de esta naturaleza sean oficiales de la Armada.

No es casual, y en contra de lo que algunas personas piensan, la formación humanística que se recibe en una carrera militar no tiene nada que envidiar a la que reciban otros profesionales, por no decir que es superior, al menos en un aspecto básico, no se olvide que se nos forma para dirigir personas, en toda la extensión de la palabra, y aun más, para dirigir personas en situaciones difíciles.

Sabrán perdonar mis compañeros el hacer publica esta circunstancia sin su consentimiento, que seguro no me darían, pero lo hago porque creo que es de justicia resaltarlo, y porque se escriben y dicen descalificaciones hacia los militares a las que habitualmente nadie responde. Quienes lo hacen, sin duda desde el desconocimiento, o se refieren a circunstancias y hechos puntuales de los que nadie está libre, pero lo que aquí relato no es una casualidad sino el resultado de una formación en valores de solidaridad, compañerismo, abnegación, … que, aunque no nos son exclusivos, hemos vivido durante nuestras vidas militares.